Oí los perros que ladraban

Miguel Lindo



El artista y diseñador Miguel Lindo trae a Mad is Mad la inspiración del pequeño pueblo del Rincón de Ademuz donde suele pasar los veranos. Esta exposición es el resultado de su mirada –año tras año, con diversas técnicas, desde ceras y acuarelas a las tintas– a ese territorio, su vegetación, el color de su tierra, la compañía de su perrita, de los ciervos, las aves y las vacas, de los pocos habitantes de ese espacio…

Proyecta así su intimidad y recrea el lugar donde se siente a gusto, en paz con su alma de artista, mirando hacia lo que nos conecta con la naturaleza y con el yo más auténtico. Una manera distinta de aproximarse a una ‘España Vacía’ (o vaciada), que nos cuentan tan mal y tan manipulada.

Así lo ve Miguel:

“Desde hace algunos años, paso agosto en la misma aldea de diez habitantes, en medio de la tierra roja que ocupa el sur de Teruel y el norte de Cuenca. Cerca del pueblo de mi infancia, junto a una rambla seca y pinos de repoblación; entre almendros y chopos, venados y jabalíes, veo una y otra vez lo mismo, que es siempre diferente.

Por eso decidí cambiar cada año de técnica, para cambiar la mirada. No cambiar nunca el lugar, pero sí los ojos y la mano con los que lo vemos.

Refugiado del sol a la sombra de un álamo, subido a un pico del monte o escondido en la penumbra de la casa en las horas más terribles del verano, le daba vueltas al paisaje, a las calles empinadas, a los objetos que se acumulan en el baño o en la cocina y recordé otro calor, de otro tiempo, de otro pueblo también casi vacío, la Comala de Pedro Páramo, y su voz diciendo: Oí los perros que ladraban”.

Esta exposición forma parte del Festival IlustraWeek.
Como parte de la programación, Miguel Lindo hará una intervención en el escaparate de Mad is Mad el sábado 25 de abril por la mañana.

Un mundo habitado

Por Elvira Lindo

Miguel era el niño curioso al que podías llevar de la mano por el pueblo y contagiarle el gusto por las conversaciones triviales y también un amor por la belleza natural, así que no fue difícil que percibiera todo lo que yo había gozado desde chica cuando en vacaciones mi madre nos soltaba en el pueblo con la esperanza de que no volviéramos hasta la hora de comer. Para mi padre era un mandato que disfrutáramos con lo que a él tanto le gustaba, pero en mi caso, pretendía que la querencia del niño por el pueblo de mi niñez se produjera por contagio, que algún día supiera reconocer que era la herencia más valiosa que le había dejado su madre y sin imposición alguna, dejándolo a su total voluntad. 

El pueblo de la abuela Antonia que Miguel no conoció, mi madre, estaba y está arrinconado en la provincia de Valencia, como si fuera una península que se le colara a Teruel; tan a trasmano se encuentra que conforma una pequeña comarca de pueblos y aldeas llamada el Rincón de Ademuz. Mi padre no era de allí, pero siempre dispuesto a liderar nuestras vidas, fue en este rincón del mapa donde construyó su arraigo y se acabó convirtiendo en el más fiel defensor de estas tierras, tanto, que quiso ser enterrado junto a mi madre en el cementerio que mira la vega desde lo más alto de este pueblo de cuestas empinadas. 

Ahora puedo escuchar las voces, las de mis padres, las de las tías que contaban cuentos, las de aquellas personas que poblaron mi infancia; las escucho nítidamente cuando camino por las calles estrechas, o cuando bajo al río y creo ver a mi padre metido en el Turia con las enormes botas de pescar. El legado del que hablaba, el que pretendía dejarle al niño que llevaba de la mano, se basa en la creencia de que somos una sucesión de historias que van pasando de unas bocas a otras, de tal manera que cuando marchamos permanecen vivas en la memoria de los que se quedan.

Cuando Miguel y su mujer, Lucía, también pintora, me anunciaron que iban a pasar el verano en una de las aldeas del Rincón sentí que lo que yo atesoraba en mis recuerdos quedaría para siempre en buenas manos. Ellos, allá, monte arriba, en el Val de la Sabina, donde el paisaje de la vega mecido por el río Turia se vuelve más seco, más misterioso, moldeado por días inclementes de sol y por noches frescas donde se escucha el escandaloso silencio del bosque, que nunca es silencio, porque la naturaleza jamás calla, y aquel que, insomne, tiene los ojos abiertos en la oscuridad puede oír las chicharras, los autillos, lechuzas y búhos, los zorros, los gatos huidizos, o esos perros de Rulfo que oímos ladrar y que son como la esencia que contiene las voces de todos los fantasmas.

Qué mejor que dejar como herencia el amor por un lugar que siempre será tu arraigo. No hace falta haberlo dejado por escrito, ni tan siquiera haberlo inculcado, basta con llevar a un niño de la mano, a un niño curioso, que al mismo paso que tú sienta que le estás dejando en prenda todo un mundo habitado. Estas preciosas ceras, acuarelas, tintas y dibujos son una prueba de cómo el artista sabe traducir lo que lleva en su memoria desde que era niño. Eso es el arte.