Desde Lisboa, llega a Mad is Mad Cláudio Pinheiro. Tras varios años en el campo del diseño de interiores, Cláudio Pinheiro decidió dedicarse a su pasión por las artes visuales. Su práctica artística oscila entre el dibujo y la pintura, siendo esta última el escenario donde plasma sus historias imaginadas.
Esencialmente un pintor figurativo, sus obras presentan narrativas sensuales, donde la carga erótica puede absorber la escena, o a veces los cuerpos masculinos fluyen en juegos casi infantiles e ingenuos. Son escenas que oscilan entre el romanticismo y el deseo carnal, salpicadas de humor y elementos que evocan un estímulo natural y espontáneo, donde el pilar central es el cuerpo masculino y la forma en que los cuerpos se relacionan entre sí, en una melodía libre.
Las obras que trae a ‘La tentación vive en Mad’ forman parte de una serie desarrollada a lo largo de este año. El cuerpo masculino como instrumento sexual, una libertad erótica y queer, una intimidad entre las figuras que componen la escena y la forma en que expresan su deseo, y una fuerte carga voyeurista que traslada a los visitantes de la galería.
La representación se realiza mediante pinturas al óleo rápidas sobre papel previamente preparado con una textura encerada. Las pinceladas son fruto de gestos rápidos, donde la atención a la anatomía pasa a un segundo plano, prevaleciendo el gesto y la expresión del acto de pintar.
‘Arcadia’, la obra que presenta en ‘La tentación vive en Mad’, es un políptico en acuarela de seis paneles, que parte de la playa y el verano para reflexionar sobre el deseo, la libertad y la belleza. A través de una combinación de cuerpos, naturaleza e imágenes cotidianas, la obra imagina la playa como una Arcadia contemporánea que, por un tiempo, se convierte en un lugar de encuentro, contemplación y expresión del deseo.
Este artista visual formado en la School of the Art Institute of Chicago antes de trasladarse a Nueva York, ha compaginado su carrera artística con su trabajo como psicoterapeuta queer. Ha expuesto ampliamente en Nueva York antes de instalarse en Madrid, donde ha colaborado con Studio RFG/Arriaza, Galería Recreo y La Bañera. En Mad is Mad es su segunda participación en una muestra colectiva.
Él mismo explica así su obra: “Mis cuadros representan a hombres gais en una variedad de ambientes y estilos. Siempre me hago las mismas preguntas:
“Soy un artista eminentemente autodidacta, nacido en Madrid. Durante muchos años trabajé en la industria del videojuego, construyendo universos. Ahora pinto desde un lugar más íntimo, más físico y definitivamente más incierto. Mi trabajo nace del cuerpo, del deseo, del dolor y de aquello que no siempre encuentra una forma clara de decirse. Me interesan los hombres no solo como imagen, sino como territorio: cuerpos que se ofrecen, que se esconden, que recuerdan, que resisten. A veces aparecen con nitidez; otras, se disuelven hasta quedar convertidos en manchas, gestos o restos de una presencia”.
“Estas obras salen de mí. Y no siempre sé qué significan. Hay cuerpos y hay manchas. Muchos de esos gestos abstractos fueron antes hombres o historias entre hombres, historias de deseo, encuentro y pérdida. El tiempo y el propio proceso los han ido disolviendo hasta dejar solo un rastro: una mancha de tinta, un trazo que se escapa, la memoria de una forma.
Pinto desde la búsqueda, no desde la certeza. Y hay orgullo en eso: en no fingir que se ha llegado a algún sitio, en sostener la duda, en dejar que lo queer exista también como herida, como deseo y finalmente como resistencia”.
A través de un cuidado juego de contrastes, Toribio utiliza el claroscuro para moldear los volúmenes de la piel, creando composiciones de un alto impacto visual y una sensibilidad íntima que dialoga de forma directa con los valores de identidad y libertad.
Más allá de estas reflexiones, Enrique Toribio nos tiene guardada toda una sorpresa, muy bien empaquetada, en nuestro cuarto oscuro del fondo.
En su proyecto ‘La poesía del devenir’, el artista ucraniano Alexander Hzhinskiy explora la condición humana a través de la fotografía, la cual se presenta ante el espectador en dos dimensiones: la externa y la interna. El autor describe así su profunda e íntima interacción con el mundo.
La dimensión externa revela una vulnerabilidad y fragilidad poéticas, el choque del ser humano con los desafíos espirituales y la soledad existencial, así como el reconocimiento de su propia fuerza a través de la flexibilidad emocional.
El mundo interior se manifiesta calmado, seguro y esperando pacientemente su momento. Es consciente de su propia naturaleza y de la naturaleza del mundo. Este estado simboliza la fusión con el infinito y devuelve al ser humano su verdadera profundidad y aquella verdad que llevará consigo a través del tiempo.
El mensaje de la obra radica en la aceptación de las propias heridas, de las vulnerabilidades y de la esencia misma, donde nace el núcleo de la verdad y la fuerza atemporal del espíritu.
En su trabajo, el autor renuncia deliberadamente a la impresión fotográfica brillante y perfeccionista en favor de la transferencia manual de la imagen sobre un soporte de madera.
Esto refleja el vínculo profundo y primigenio del ser humano con la naturaleza, nuestro origen, nuestras raíces y un proceso de crecimiento gradual, impredeciblemente hermoso en sus ‘imperfecciones’.