Jaro


Huelva, 1967. Jaro comienza a trabajar como diseñador gráfico con sólo 14 años, formándose directamente en talleres, imprentas y estudios de diseño en Málaga, ciudad donde vive su infancia y adolescencia. En paralelo a su trabajo como diseñador free-lance y también como joven ilustrador para diversas publicaciones culturales españolas, y de manera autodidacta, comienza a investigar nuevos formatos pictóricos, iniciando una carrera plástica que lo llevará por el óleo, el acrílico, la cera virgen y la mezcla de texturas, hasta llegar a la depuración actual del dibujo lineal bordado sobre lienzo.

En 1996 Jaro traslada su centro de operaciones a Madrid, instalándose como free-lance y volcándose en la pintura. Utilizando el medio gráfico como fuente de inspiración y también como base de su manutención, desarrolla un particular lenguaje muy vinculado a la gráfica que revierte en su obra pictórica. De hecho, Jaro es actualmente Director de Diseño gráfico e industrial de Agatha Ruiz de la Prada, ha realizado colaboraciones con Davidelfín o Laetitia´s y desde hace dos años saca al mercado su propia colección de camisetas, en sus manos un soporte más para desarrollar conceptos estéticos que le interesan particularmente: la línea de la figura masculina, los tatuajes, el graffitti y ciertos aspectos del erotismo canalla, proletario y marginal, en la línea de Jean Cocteau, André Gide o Jean Genet, de cuya máxima “Los más bellos florecen con insólitos males” es ferviente admirador.

Los modelos de Jaro son fotografíados por el mismo autor, o extraídos de la pornografía impresa o audiovisual, siendo manipulados y reconstruidos para configurar un canon de belleza muy determinado, extremo y ultraviril. El origen de esta serie de falsos graffittis y “chulos” bordados sobre lienzo en actitudes de una sexualidad descarnada y desafiante está decididamente vinculado a la representación pornográfica, utilizando el mismo código o lenguaje de “pose” y “exhibicionismo” descarado de los modelos, que se saben observados y admirados en su rotunda sensualidad, buscando precisamente la actitud corporal más llamativa, excitante o provocativa. Por contra, Jaro lima la forma de una forma tan precisa que apunta a un grado muy alto de sofisticación, elegancia e incluso ingenuidad.

Los hombres de Jaro son tan bellos como peligrosos. Conscientes de su poder fascinador, lo utilizan sin tapujos. Jaro los muestra así porque es asimismo consciente del poder revulsivo del desnudo masculino.

Si en sus lienzos bordados la forma y el tratamiento estético consigue restar carga simbólica y niveles de agresividad al conjunto, en los falsos graffittis ocurre justo lo contrario: la mera posibilidad de que esos cuerpos puedan encontrarse en la calle, representados de forma tan descarnada, subyuga a la vez que nos resulta embarazoso, comprometedor.


Publicado el 22 de febrero de 2012

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